Caminamos hacia el futuro...

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Cosemos con hilo rojo nuestros corazones

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miércoles, 13 de marzo de 2013

Extracto del Artículo de Beatríz San Román Sobrino sobre De los “hijos del corazón” a los “niños abandonados”: construcción de “los orígenes” en la adopción en España.




Después de la charla-coloquio que hemos tenido en relación a "Cómo ayudar a los adolescentes a integrar su historia personal", nos ha parecido de especial interés el volver a reproducir una parte de lo tratado en ese artículo. La perspectiva que nos ofrecen los adoptados puede ser determinante para comprender y tratar la realidad de la adopción en edades tempranas...



En abril de 2008, tuvo lugar en Donostia la jornada “Postadopción: varias miradas al futuro”, organizada por la asociación de familias adoptantes Anichi y la federación estatal CORA (Coordinadora de Asociaciones en Defensa de la Adopción y el Acogimiento), en la que participó como ponente la vicepresidenta de la asociación francesa La Voix des Adoptés. Su testimonio causó un gran impacto entre los asistentes (mayoritariamente familias adoptivas vascas y representantes de asociaciones de adoptantes de diversos puntos del estado español), que incluso meses más tarde seguían comentando cómo les había cambiado su visión de la adopción. Esta persona, adoptada a los pocos días de nacer, explicó que su infancia había sido normal, feliz, salvo por algunos problemas de salud de confuso diagnóstico a los que no supo encontrar respuesta hasta la edad adulta, cuando descubrió que sus problemas personales se debían a lo que llamó “la herida primaria del abandono”. Durante buena parte de su intervención, sostenía en sus manos la traducción francesa de The Primal Wound [La herida primaria] de Nancy Verrier (que en 2010 sería traducido y publicado en España con el título El niño adoptado: comprender la herida primaria). Según dijo, ese libro le había cambiado la vida al permitirle “entender por qué soy cómo soy y por qué siento lo que siento”.

Ya en 1990,Brodzinsky había señalado que “en los últimos años, los y las y las especialistas en adopción han reconocido el rol que juega la pérdida en el ajuste psicológico, incluso de aquellos niños y niñas a quienes se les ha proporcionado un hogar muy tempranamente” (1990, p. 7).

Tres años después, desde su experiencia como madre adoptiva, y tras la realización de una tesina para un máster en psicología clínica para el que entrevistó a personas adoptadas, Verrier apelaba a la “herida primaria del abandono” para argumentar que la ruptura del vínculo gestado durante el embarazo afecta “dramáticamente” las estructuras cerebrales de las personas adoptadas, aun cuando sean adoptadas inmediatamente después del nacimiento. Siete años después, Soll (2000) –psicoterapeuta, hijo adoptado y director y cofundador de Adoption Crossroads, adhería a esta idea, añadiendo que la “revelación” –que se produce generalmente durante la infancia– supone un segundo trauma, al que se suma un tercero cuando –alrededor de los seis u ocho años de edad– la frustración, la rabia, la ansiedad y el duelo que experimentan quienes han sido adoptados se encuentran con mensajes de su entorno que les instigan a reprimirlos. En su opinión, el no reconocimiento de esos sentimientos produce una “muerte psicológica” (Soll, 2000, p. 27) por represión o desconfianza de los propios sentimientos.

Otros autores y autoras norteamericanos que escriben sobre adopción desde la práctica profesional o la investigación hablan de “sentimiento de pérdida” Brodzinsky, Schechter y Henig, 1993; Courtney, 2000; Groza y Rosenberg, 2001; Melina, 1998; Schooler, 2001) para referirse a las consecuencias de la separación de la familia de nacimiento, lo que implica una visión menos determinista. No utilizan el término “abandono”, sino “sentimiento/s (o sensación) de abandono”. 

El “abandono”, entonces, no se presenta como un hecho en sí mismo sobre cuya génesis la persona adoptada no ha tenido ninguna agencia, sino como un sentimiento –feeling– o una sensación –sense– que es “consecuencia de la pérdida” (Schooler, 2001, p. 57), ya sea de la madre tras el nacimiento o, en el caso de quienes son adoptados con cierta edad, de “todo lo que les es familiar, de la familia, la cultura, la comunidad” (Groza y Rosenberg, 2001, p. 10).

Se señala que “el niño ha sufrido de forma real el rechazo de los que le engendraron” (Miravent y Ricart, 2010, p. 307), que su historia está marcada por un abandono (Sagarna, 2010) y que, por tanto, la comunicación de “los orígenes” “no es un mero dato o información inocente [ya que implica] una auténtica y compleja reconciliación con los protagonistas y motivos del abandono vivido” (Múgica, 2006, p. 161).

No obstante, no siempre quienes fueron adoptados/as se perciben –o construyen– como “abandonados”. Mientras algunas veían el abandono como un hecho insoslayable de su biografía, otras señalaban que lo que sentían era más bien una acuciante curiosidad por tener información sobre su familia de nacimiento.

De una parte, la escasa o nula información sobre las razones que llevaron a la separación de la familia de nacimiento es, con frecuencia, vivida con angustia; de otra, muchas personas adoptadas afirman haber sentido una fuerte presión de su entorno familiar y social que les demandaba un sentimiento de agradecimiento hacia sus familias adoptivas y la obligación de compensarlas por “todo lo que han hecho por ti”. 

En este sentido, el “discurso del abandono” resulta liberador tanto para las personas adoptadas como para sus familias adoptivas. Para las primeras, porque las recoloca –o construye– como víctimas indefensas –por tanto, pasivas– que arrastran de por vida unas heridas emocionales de las que ni ellas ni sus familias adoptivas son responsables. Para las segundas, porque les permite enfrentarse a las preguntas y dudas sobre la adopción y/o a los posibles problemas de sus hijos e hijas como a algo de cuya génesis son totalmente ajenos –en tanto que consecuencia inevitable de “sus orígenes”– y ante los que pueden asumir el papel de rescatadoras o “familias terapéuticas”. La antropología ha demostrado desde sus inicios, a través de la descripción y análisis de otras culturas, que el parentesco en tanto que reconocimiento social de una relación biogenética es una construcción cultural –no natural– (Strathern, 1995) y, por tanto, contingente.

Asimismo, las familias no-tradicionales y, desde los ’80, las técnicas de reproducción asistida –las TRA– cuestionan también la relación entre lazos de sangre y parentesco desde el interior de nuestra propia cultura (Carsten, 2000b). Si en lugar de definir a las personas adoptadas como “víctimas” y de hablar de su experiencia como “abandono”, se hablara de “separación” (de sus primeras familias), tal vez se podría facilitar la reconciliación con “los orígenes”, no solo por parte de las personas adoptadas, sino también de (y con) las madres –y padres– de nacimiento, a cuyo silenciamiento y estigmatización sigue contribuyendo el “nuevo” discurso de la adopción en España. “Separación”, en tanto término neutro que describe un hecho –también– neutro, permitiría a las personas adoptadas incorporarlo como tal, es decir, como un hecho, en su relato autobiográfico y gestionar los posibles malestares derivados del mismo sin el dolor del rechazo (“¿por qué me abandonaron?”)ni el determinismo que le atribuye capacidad para incidir en sus circuitos cerebrales.

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